Me siento cansado, cosa extraña, si hasta es
temprano, apenas va a ser medianoche. Sé que algo interesante vino a mi mente
hace unos segundos, pero se me esfumó de repente. Al menos no siento esa
ansiedad que…, ¿fue anoche?, sí, creo que anoche me sobrevino. Hoy me siento
tranquilo, sereno. Es un momento ideal para tomar un café antes de dormir y oir un poco de música. Me pregunto qué
soñaré esta noche. Ojalá sea algo grato. Me gustaría que fuera algo revelador,
uno de esos sueños en que sucede o se dice algo que, al desertar, me sienta con
un nuevo conocimiento adquirido. Es interesante, en la oración anterior debí
escribir “despertar”, pero ahí está esa palabrilla colada: desertar. No fue un
error de esos llamados actos fallidos, no se intercambiaron
letras de posición, ni fue ese otro fenómeno en el que se piensa una palabra y, uno, escribe otra, no me parece que en esto haya intervenido el inconsciente;
tan sólo no presioné lo suficiente la tecla de la “p”. Sin embargo, no deja de
sorprender, ni de intrigar, el sentido que da su simple aparición. ¿Al desertar
de qué?, ¿del sueño? “Desertar del sueño”, ¿el acto de despertar se puede
considerar una deserción? ¡Si es algo fuera de nuestra voluntad¡, o acaso ¿no
lo es? Ojalá se pudiera prolongar el dormir, los sueños, indefinidamente. Quizá
yo nunca despertaría. Ay, ¿será? Se ha terminado la música. Silencio. Casi, se
oyen las teclas y el ladrido de algún perro a lo lejos. Es agradable este
silencio, no como otras veces; en esas, me angustia, me desespera. Pienso en
una oficina, es de noche, pero está bien iluminada con luz blanca. Creo que hay
restiradores y es un segundo piso. Abajo oigo personas, platican, caminan,
hacen sus labores. Pongo la radio, y comienzo a trabajar. No logro ver que
hago, pero algo estoy haciendo en uno de los restiradores. Será algún proyecto
arquitectónico. Pienso en una mujer mientras hago trazos. No sé quien será
ella.
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