jueves, 2 de agosto de 2012

II

Me siento cansado, cosa extraña, si hasta es temprano, apenas va a ser medianoche. Sé que algo interesante vino a mi mente hace unos segundos, pero se me esfumó de repente. Al menos no siento esa ansiedad que…, ¿fue anoche?, sí, creo que anoche me sobrevino. Hoy me siento tranquilo, sereno. Es un momento ideal para tomar un café antes de dormir y oir un poco de música. Me pregunto qué soñaré esta noche. Ojalá sea algo grato. Me gustaría que fuera algo revelador, uno de esos sueños en que sucede o se dice algo que, al desertar, me sienta con un nuevo conocimiento adquirido. Es interesante, en la oración anterior debí escribir “despertar”, pero ahí está esa palabrilla colada: desertar. No fue un error de esos llamados actos fallidos, no se intercambiaron letras de posición, ni fue ese otro fenómeno  en el que se piensa una palabra y, uno, escribe otra, no me parece que en esto haya intervenido el inconsciente; tan sólo no presioné lo suficiente la tecla de la “p”. Sin embargo, no deja de sorprender, ni de intrigar, el sentido que da su simple aparición. ¿Al desertar de qué?, ¿del sueño? “Desertar del sueño”, ¿el acto de despertar se puede considerar una deserción? ¡Si es algo fuera de nuestra voluntad¡, o acaso ¿no lo es? Ojalá se pudiera prolongar el dormir, los sueños, indefinidamente. Quizá yo nunca despertaría. Ay, ¿será? Se ha terminado la música. Silencio. Casi, se oyen las teclas y el ladrido de algún perro a lo lejos. Es agradable este silencio, no como otras veces; en esas, me angustia, me desespera. Pienso en una oficina, es de noche, pero está bien iluminada con luz blanca. Creo que hay restiradores y es un segundo piso. Abajo oigo personas, platican, caminan, hacen sus labores. Pongo la radio, y comienzo a trabajar. No logro ver que hago, pero algo estoy haciendo en uno de los restiradores. Será algún proyecto arquitectónico. Pienso en una mujer mientras hago trazos. No sé quien será ella.

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