jueves, 26 de julio de 2012

De la conversación

De qué conversarmos. Pues de muchas cosas. Tal repuesta es tan genérica que no responde satisfactoriamente. Pienso que cuando converso tiendo a querer analizar aquello de lo que me hablan y doy una opinión. Esto no es conversar. La esencia de la cualquier conversación es la comunicación. ¿Y qué se puede comunicar para considerar que dos personas están conversando? Será, acaso, el hablar sobre nuestra particular manera de percibir el mundo, de vivenciarlo. En síntesis, tratar de compartir el cómo experimentamos la existencia, quizá con el fin de ser comprendidos. Pienso que muchas de mis conversaciones han sido fallidas, pues rara vez quiero compartir esa experiencia, y me refugio en el comentar la valoración de aquello sobre lo que me hablan. No es que juzgue a la persona, sino, más bien, los hechos que me presenta. Mi proceder puede parecer agresivo, o a lo menos, impertinente, ya que no siempre se busca una opinión, y yo tiendo a darla sin que me la soliciten. Trastorno el sentido de conversar, en lugar del intercambio de experiencias, la comunicación se vuelve unilateral, pues tomo una posición puramente receptora que no comparte nada. Me convierto en una especie de deposito que procesa información, la razona y la expone. Es cierto que mis razonamientos los hago con base a mi experiencia y mis prejuicios, aunque trate de ser lo más objetivo posible, pero con ello no estoy compartiendo mi vivencia, tan sólo un punto de vista. Me falta imaginación, ya que, incluso si no he experimentado una situación o un sentimiento del cuál me hablan, podría emular en mi mente una experiencia similar e imaginar cuál sería la experiencia propia, para, luego, transmitirla a mi interlocutor; nunca como una sentencia, no es el caso decir así se debería de actuar, es fácil caer en este error si se imagina lo ideal, cosa en la que estarían interviniendo nuestros prejuicios; lo ideal sería imaginar qué pasaría con uno al experimentar determinada situación o sentimiento, cómo nos transformaría dicha vivencia, es algo que requerirá mayor esfuerzo, y no pasará de ser una mera especulación; sin embargo sería más interesante y daría un aporte más significativo a ambos interlocutores.

miércoles, 25 de julio de 2012

I

Algunas personas tienen la idea de que estudié música. A mí me hubiese gustado haberlo hecho. Será que siempre me veían con mi guitarra lo que les indujo a pensarlo. La verdad, yo aprendí por mi cuenta a tocar ese instrumento de cuerdas; después tuve la oportunidad de tomar algunas clases que me guiaron en cuanto a mejorar la técnica.
     Es curioso cómo llegué a tomar aprecio a tan singular instrumento. Cuando yo era pequeño, mi ilusión era tocar el piano. En mi casa llegamos a tener un tecladito que fomentaba esa ilusión, pero hasta ahí; tener un piano era algo inaccesible. Alguna vez fui a clases de piano en una escuela que impartía diversos talleres; no recuerdo con certeza, pero me parece que sólo duraron un mes. Despidieron a mi maestro. Decían que era muy informal. A mí me parecía un sujeto agradable. Como aún seguía inscrito, me ofrecieron la opción de incorporarme al curso de guitarra. Con la desilusión reciente, no tuve disposición para aceptar y rechazé la oferta; no regresé más. Lo poquito que aprendí, a veces, lo praticaba en el tecladito. Poco a poco se fue apagando mi deseo y el tecladito se fue empolvando.
     En mi casa siempre hubo una guitarra, era de mi padre, me agradaba cuando la tomaba y se ponía a cantar, pero nunca incitó mi interés por ella. No la consideraba capaz de alcanzar la sublimidad del piano (claro, nunca había escuchado música clásica para guitarra), mi padre sólo sabía algunos cuantos acordes y rasgueos, y para mí que hasta cantaba bien, aun así no me sentía atraído; todavía. Pasaron los años. En mi adolescencia, cuando cursaba la preparatoria, me reunía con los amigos para pasar el rato; en alguna de esas reuniones llegaba a estar alguien que tocaba la guitarra, yo observaba como al acompañarse de ésta y cantar canciones, el momento se amenisaba, todos le seguiamos (cuando nos sabiamos la letra) y era agradable eso que llamanban la bohemia. Comencé a comprender la magia de ese instrumento musical. Tuvo mucho que ver la edad, pienso ahora; yo comenzaba a tener otra mentalidad, y otro sentir. Yo era algo romántico y, sin saberlo aún, traía en mí el germen del bohemio, del trovador.
     Un día tomé la guitarra de mi padre, fue un fracaso, no logré entonar un solo acorde; teníamos un montón de los llamados cancioneros de Guitarra fácil, sin embargo fácil no fue, mis dedos rozaban otras cuerdas, las apagaban, no pisaba en los trastes indicados con suficiente presión, mis dedos quedaban adoloridos y marcados. Terminé por abdicar. Pensaba, esto no es para mí. Pasaban los días, y yo la miraba ahí, en el rincón donde la había dejado, a veces la miraba con indiferencia, otras con cierta contemplación; y recordaba la bohemia. En ocasiones, tuve la impresión de que ejercía cierta seducción sobre mí. Después de un par de semanas la tomé nuevamente, ensayé aquellos acordes primeros, básicos y sencillos. ¡Oh prodigio, sonaron armoniosamente al primer intento! Entusiasmado pasé toda la noche con ella. Se me dificultaba cantar y tocar, además tenía que ver constantemente como colocar los dedos de manera correcta, no obstante eso no me detuvo, así pasé una semana. Luego probé usar acordes más complicados, aquellos que llevan cejilla. La mano se me entumía en un par de segundos al tratar de mantener la posición, a pesar de mis varios intentos nada salió bien. Me desesperé. En contraste con aquél entusiasmo, me invadió un desencanto. Volví a abdicar. Pensaba, mis manos no pueden con esto. Pasó un mes. Ya no recuerdo que hubo en el transcurso de ese mes, sólo sé que regresé a ella cuando se cumplió. Y sí, se repitió el prodigio. De ahí en adelante, cada noche, practicaba. No volví a abandonarla. A veces me vendaba los ojos, quería acostumbrarme a reconocer una mala colocación de los dedos por el sonido, así, poco a poco, logré dominar diversos acordes; también empecé a cordinar el acompañamiento con el canto, cantaba bajito para no despertar a nadie (no recuerdo si fue efectivo), me aprendí muchas canciones que lamentablemente ahora apenas recuerdo. Llegue a tener mi propia guitarra, con ella, comencé a sentirme atraído por los arpegios que escuchaba en algunas canciones, conocí las piezas clásicas que se ejecutaban con guitarra, sentí gran emoción cuando pude ejecutar una de ellas por primera vez. Desde entonces se ha vuelto mi compañera fiel.